
En una pequeña ciudad de México, en el corazón de Guanajuato, un joven llamado Luis Estrada pasaba sus días trabajando en la panadería de su familia. Desde que tenía memoria, su vida giraba en torno al dulce aroma del pan recién horneado y al crujir de las conchas al salir del horno. La panadería “Dulce Tradición” había sido el sustento de la familia Estrada por tres generaciones. Sin embargo, los tiempos estaban cambiando y, con la llegada de grandes cadenas de supermercados y cafeterías, las ventas comenzaron a disminuir drásticamente.
Desesperado por encontrar una solución, Luis se topó con un artículo en internet: “Cómo una página web puede salvar tu negocio”. No tenía conocimientos de programación ni idea de por dónde empezar, pero el deseo de salvar la panadería lo llevó a pasar noches enteras viendo tutoriales y leyendo sobre WordPress y Shopify.
Después de semanas de prueba y error, logró crear dulcetradicion.com, un sitio sencillo pero elegante, con fotografías profesionales de sus productos y la opción de hacer pedidos en línea. No esperaba gran cosa, pero lo compartió en grupos de Facebook y con algunos conocidos.
Lo que sucedió después fue un milagro digital.
En menos de un mes, comenzaron a llegar pedidos de toda la ciudad. Personas que nunca habían probado su pan ahora lo pedían para eventos, restaurantes y oficinas. En seis meses, duplicaron sus ventas. En un año, no solo habían recuperado su estabilidad financiera, sino que también abrieron una segunda sucursal.
La historia de Luis no es única. En otra parte del mundo, en Nairobi, Kenia, una joven emprendedora llamada Amina Wanjiru vivió una experiencia similar. Su negocio de telas africanas hechas a mano, “Kitenge Creations”, luchaba por mantenerse en pie en un mercado donde las importaciones baratas amenazaban con desplazar los productos locales. Pero al lanzar su tienda en línea y vender a nivel internacional, encontró clientes en Estados Unidos, Francia y Japón. En dos años, pasó de un pequeño taller a una empresa que exportaba textiles a cinco países.
Estas historias nos recuerdan que una simple página web no es solo un portal digital, sino una puerta hacia oportunidades impensables.
Luis y Amina no sabían de código, no eran expertos en tecnología, pero comprendieron algo fundamental: el mundo está en internet, y quien no esté allí, poco a poco desaparece.